Saltó Guardiola al Etihad Stadium con una camisa de leñador, un pantalón Dockers y sus característicos mocasines, eso que no falte. Un atuendo, cuanto menos, carismático para el catalán. Desde la banda pudo observar que, justo al lado del banquillo del Real Madrid, había una estelada, la bandera independentista de Cataluña. No le desagradaría verla.
Comenzó el encuentro y se vio tremendamente activo a un Pep que, junto a sus jugadores, buscaba la épica. No le quedaba otra. Eso sí, nada más arrancar el duelo se llevó el primer gran susto al ver cómo Valverde, indetectable, se plantaba delante de la portería de Donnarumma. Pero esta vez su vaselina no salió como esperaba el uruguayo. Susto pasado, comenzó el City a atacar y Guardiola a dirigir desde la banda cada arreón de los suyos. El Real Madrid sufría al mismo tiempo que los ingleses soñaban con la gesta.
Todo estaba saliendo según lo planeado por Guardiola, hasta que llegó el minuto 20 y todo cambió. El Real Madrid hizo una jugada merecedora de gol que acabó en nada. Turpin pitó fuera de juego, el VAR le rectificó y, finalmente, señaló penalti y expulsión a favor de los madridistas. Esto no enfadó demasiado a un Guardiola que sabía que el brasileño había arrancado en posición correcta y que Bernardo Silva había cometido mano. Lo que realmente le volvió loco fue cuando, justo a continuación, pidió un penalti que no era para su equipo.
Guardiola se fue a, como se suele decir, comerse al cuarto árbitro, al que terminó agarrando. Ni siquiera dejó que se acercara su segundo entrenador. Quería ser él quien mostrase su enfado. Y tanto lo mostró que terminó amonestado. Con razón.
Asumiendo la realidad
Tras este arrebato de locura, el catalán estuvo mucho más tranquilo. Enfadado y con la sensación de que la eliminatoria se había terminado en esa acción: el penalti y la expulsión. Ni siquiera le alegró el gol de Haaland. Antes del descanso sí mostró su incomprensión al ver cómo Khusanov era amonestado por golpear en la cara a Vinicius. Nadie sabe qué fue lo que tanto le sorprendió, ya que la acción era clara y el castigo podría haber sido incluso mayor.
No obstante, todavía quedaba un último arrebato del catalán antes de irse al vestuario al término de los primeros e intensísimos 45 minutos vividos en el Etihad. El árbitro francés pitaba el final y Pep se iba directo a por Trent, al que le decía algo que el madridista respondió entre risas. No estaba siendo su noche más plácida.
La segunda mitad la vivió con cierta resignación y, posiblemente, también con orgullo, porque su equipo murió de pie. Pero murió, otra vez. Y otra vez contra el Real Madrid. Eso sí, no sin quejarse una vez más a un cuarto árbitro que tuvo que aguantarle toda la noche. Tras el segundo gol del madridista, se acabó el partido, saludó a Arbeloa y se fue al vestuario como el gran derrotado.
El proyecto multimillonario del Manchester City cayó en octavos y la era de Pep como entrenador del conjunto inglés puede acabar con una Champions y con cuatro eliminatorias perdidas contra el Real Madrid. En su partido número 51 ante los blancos, tampoco pudo ser feliz.